La historia
Hiraṇyakaśipu tenía un don: no morir a manos de hombre ni de bestia, ni dentro ni fuera, ni de día ni de noche, ni en el suelo ni en el aire, ni por arma alguna. Después prohibió el culto a Viṣṇu, y su propio hijo Prahlāda lo mantuvo igual.
Al preguntarle si su dios estaba en la columna de la sala, Prahlāda dijo que sí. Su padre golpeó la columna y de ella salió Narasiṃha: ni hombre ni bestia, en el umbral, al crepúsculo, sobre su propio regazo, con garras.
La historia se lee como una discusión sobre la letra y el espíritu de una promesa, y a Narasiṃha se lo invoca como protector de quien está acorralado.
